La terapia ocupacional en la enfermedad del Parkinson

Terapia ocupacional a usuaria del centro de día de mayores de FAAM

Rocío Márquez, terapeuta ocupacional

La enfermedad de Parkinson suele aparecer entre los 60 y 70 años y es una enfermedad crónica y progresiva, por lo que el paciente verá mermadas, con el paso del tiempo, muchas de sus facultades. Se produce una pérdida gradual de las habilidades motoras, cognitivas y comunicativas que pueden variar mucho de un paciente a otro.

Así, la enfermedad está condicionada por la fase en la que se encuentre, fluctúa a lo largo del día y los problemas que se le presentan al paciente están en función de las restricciones tanto físicas como sociales de su entorno, de la medicación, de su motivación frente a la enfermedad, si tiene fatiga, depresión, sensación de frío u otros trastornos motores y cognitivos.

Estas limitaciones se ven reflejadas en las actividades de la vida diaria: en el propio cuidado de la persona (para vestirse, lavarse, comer, bañarse y asearse), en las actividades diarias dentro y fuera de la casa (tareas domésticas, compras…), así como en el trabajo y durante el tiempo de ocio, lo que repercute en la calidad de vida de los afectados y de sus familiares.

La Terapia Ocupacional es una disciplina sociosanitaria holística cuya labor es facilitar y dar oportunidad a la persona de desarrollar su vida ocupacional (el que hacer con el tiempo disponible: Actividades de la vida diaria, trabajo, ocio…) con la máxima autonomía y satisfacción de acuerdo a sus objetivos, motivaciones personales y a las demandas del entorno.

El terapeuta ocupacional que trabaja con los pacientes de Parkinson ha de centrarse en facilitar la ejecución de las tareas importantes de cada día y abordar los problemas que interfieren en ellas. Por tanto, se trata de disminuir o compensar las deficiencias cognitivas, perceptivas o motoras para que el paciente alcance el mayor grado posible de funcionalidad  y de  autonomía; en definitiva, de apoyar al paciente y ayudarle a que continúe realizando sus actividades habituales del día a día en el ámbito personal, laboral y recreativo el mayor tiempo posible y con la máxima autonomía que le permita su patología, para mejorar y mantener su calidad de vida.

El profesional les ayuda a cambiar y adaptar su forma de relacionarse con los objetos y el ambiente que les rodea, les dota de destrezas que le ayudarán a manejarse de forma más sencilla y les propone técnicas para mejorar su integración social.

Para lograr estos objetivos, se realiza primeramente una evaluación inicial para estimar el grado de afectación y programar el tratamiento adecuado en las distintas áreas que el paciente desee.

Una vez recogida toda la información necesaria, se elaborará un plan de intervención individualizado con la persona, estableciendo unos objetivos y seleccionando unas actividades en función de las necesidades y características de cada afectado, haciendo hincapié no sólo en los déficits, sino también en las potencialidades de cada persona.