La soledad de las personas mayores

Jesús Muyor Rodríguez, Profesor en el Grado de Trabajo Social de la Universidad de Almería

 “Me siento sola, Muy sola. Y siento que eso me está matando”. Esas fueron las palabras de Carmen, una mujer de 82 años que visitaba una de mis alumnas en prácticas del Grado de Trabajo Social. Y esas mismas palabras las que impactaron en ella y cambiaron su forma de entender la intervención profesional.

Y es que por mucho que la atención sanitaria avance, y consecuentemente la esperanza de vida aumenta progresivamente, no podemos cometer el error de creer que eso es suficiente para la mejora del nivel de vida de nuestros mayores. La atención social es esencial para abordar el envejecimiento desde una perspectiva integral. No se trata de añadir, exclusivamente, años a la vida sino también vida a los años.

El gran avance científico y las mejoras sanitarias, no pueden, por sí sola, acabar con la gran epidemia, silenciosa, del S.XXI: la soledad.

El ser humano es un ser social por naturaleza, desde que nace hasta que muere. Necesitamos de los demás para vivir pero, además, necesitamos de las personas para ser, precisamente eso, personas. Las personas tienden a relacionarse de manera vital. Y la interacción entre los seres humanos es lo que nos hace ser, esencialmente eso, humanos.

La soledad para muchos de nuestros mayores no es una decisión, se convierte en una obligación que afecta a un 30% de las Personas Mayores en España. Esta obligación se traduce en un deterioro grave de la salud psicológica y física de la persona y de un detrimento en el bienestar social y su calidad de vida. Tan grave es el impacto de la soledad en el colectivo de la Tercera Edad que puede llegar a aumentar en un 14 por ciento las posibilidades de muerte prematura, según investigaciones científicas.

Para muchas familias se hace muy difícil identificar la experiencia de la soledad de su ser querido. Y se hace difícil porque este fenómeno, en un principio, es una condición subjetiva y emocional que, en la mayoría de los casos, no perciben las familias. Sentirse solo es una experiencia subjetiva, dolorosa y compleja de llegar a entender por las otras personas. No obstante existen manifestaciones objetivas de la soledad, predictores (como la decadencia en el  estado emocional, el deterioro de la salud, comportamientos de aislamiento físico o relacional…) que nos pueden poner en alerta para tomar las medidas urgentes y necesarias para evitar que la situación pueda empeorar.

No podemos olvidar que las Personas Mayores también sufran soledad por una serie de prejuicios sobre la vejez; como ser considerados “no productivos” y “dependientes” y que son reforzados por los factores culturales, sociales y educacionales que se manifiestan en muchos estilos familiares que, por la organización social y laboral, se ven inmersos en ritmos de vida intensos e, incluso, caóticos.

Puede ser realmente doloroso para muchas familias tomar conciencia de que pueden ser parte del problema de la soledad de sus seres queridos. Pero igualmente pueden (y deben) ser parte de la solución. Reforzar la vida familiar, apostando por las relaciones con nuestros mayores, es, en muchas ocasiones, un punto de partida para este problema. Pero existen otras dimensiones: la amistad y la valoración social. Para ello existen multitud de estrategias, que se ponen a disposición de las familias y Mayores, a través de diversos recursos y servicios especializados. Un Club Social, una asociación cultural, actividades deportivas, programas de voluntariado, un Centro de Día, el Servicio de Ayuda a Domicilio e incluso, en algunas ocasiones, un servicio residencial pueden contribuir a establecer relaciones de amistad, cohabitación y convivencia que favorecerán en su conjunto una verdadera calidad y calidez de vida en las Personas Mayores.