La sexualidad no se jubila

Valentín Díaz del Val, Psicólogo

Somos seres sexuados y podemos vivir nuestra sexualidad en distintas formas a lo largo de toda nuestra vida. En la edad mas avanzada podemos encontrarnos con una sexualidad menos apasionada pero más tierna, menos impulsiva pero más relajada, menos preocupada por la cantidad y más por la calidad.

Partiendo de la evidencia de que el deseo sexual es uno de los instintos humanos que primero surgen y que más tarde desaparecen, resulta incompresible que la sexualidad en los mayores encuentre tantas barreras para su uso y disfrute. Teniendo en cuenta que el 95% de personas entre 50 y 60 años y el 85% entre 60 y 70 son activos sexualmente, y que más del 85% de las personas mayores de 60 disfrutan de sus actividades sexuales, parece obligado admitir que el cese de la actividad sexual no está ligado a la edad, sino más bien a barreras y trabas, unas intrínsecas, y otras, extrínsecas a la persona.

Dentro del primer grupo, podríamos considerar, el hecho de no tener pareja, la salud de ambos, la incapacidad física, o los mitos o falsas creencias, que la persona haya desarrollado a lo largo de su biografía sexual, como por ejemplo, pensar que el sexo no es importante en la edad avanzada, que el interés por el sexo es un hecho anormal en la gente de edad, o que las personas mayores no tienen capacidad fisiológica que les permita tener conductas sexuales.

Estas personas, deben saber, que evidentemente, con el envejecimiento se dan una serie de cambios, tanto anatómicos como funcionales, que pueden condicionar ciertas modificaciones en la actividad sexual, e incluso interferir en ella o limitarla. No obstante, no la impiden sino que exigen una readaptación de su sexualidad.

Así, en la vejez podemos encontrarnos con una sexualidad menos apasionada pero más tierna, menos impulsiva pero más relajada, menos preocupada por la cantidad y más por la calidad.

Las barreras que tienen que ver con el entorno, con demasiada frecuencia, se encuentran con lo que podríamos denominar un “entorno hostil”: como vivir con los hijos e hijas, o en una residencia. En la mayoría de estos casos carecen de la libertad y el ambiente de intimidad y respeto suficiente, para mantener una vida sexual y amorosa.

En esta misma línea, del “entorno hostil”, no podemos olvidar las barreras que imponen los gobiernos, a modo de “castigo”, como la pérdida de poder adquisitivo al pasar del salario a la pensión, o pérdidas de índole más específicas, como son el copago, el “medicamentazo” o los recortes en recursos sociales o ley de dependencia. En tiempos de crisis se producen cargas máximas sobre los más débiles, y las personas mayores están en ese grupo de edad. Y realmente, nos encontramos ante un colectivo que se queja poco.

La superación de estas barreras, supone un gran reto, en el que está implicada toda la sociedad. Las personas mayores, exigiendo pensiones y recursos sociales, que les permitan vivir holgadamente, y poder dedicarse libremente a la práctica del “Ars Amandi”. Los medios de comunicación, haciendo campañas de sensibilización. Los gobiernos impulsando políticas que garanticen los derechos sexuales y reproductivos de todas y todas, y en especial de las personas mayores. Los profesionales sanitarios teniendo en cuenta la sexualidad como algo intrínseco a la persona, asesorando e informando sobre la influencia en la función sexual que puedan tener las distintas patologías, o cuando prescriben un medicamento. Las personas expertas en sexualidad, aportando conocimiento, formación e información, sobre los cambios transcendentes que se producen en esta etapa de la vida que ayuden, si no a evitar, sí a poner en cuestión mitos y creencias erróneas o interpretaciones falsas acerca de la sexualidad.

Todas estas medidas, permitirán, una mejor respuesta adaptativa, creando las condiciones necesarias para aumentar el nivel de satisfacción en las relaciones sexuales.

Hemos de caminar hacia la construcción de valores nuevos, hacia actitudes que humanicen el sexo como: reivindicar el placer corporal y emocional, descubrir la ternura como el nexo de unión entre amor y sexo, y aprender a amar como acto de máxima comunicación.